La analogía entre las finanzas de gobierno y del hogar es totalmente inapropiada para argumentar en favor de una expansión o una consolidación fiscal. ¿A quién no le parecería “natural” que si se atraviesa una situación de estrechez presupuestaria, el gobierno, al igual que una familia, debería "socarse la faja" y gastar menos para lograr reequilibrar la situación. Parece natural y hasta puede que evoque experiencias personales. Sin embargo ya veremos por qué no es lo mismo.
La analogía se ha vuelto sumamente popular debido, me parece,
a su aparente obviedad. Sin embargo existen varias razones por las que el
procurar de un balance entre ingresos y gastos es, en lo fundamental, diferente
entre un hogar y un gobierno. Tomemos un ejemplo ampliamente comentado en la
actualidad, un recorte de gastos. ¿Por
qué no la analogía con un recorte de gastos de un hogar no es apropiada? Antes
de entrar en la sustancia, aclaro que esto no es un caso en favor del
keynesianismo, o de la austeridad expansiva. Simplemente quiero puntualizar por
qué defender una de esas dos ideas basándose en la analogía del presupuesto del
hogar es un error.
En primer término la
analogía es inapropiada debido a lo que los economistas llaman “efectos se
segunda ronda”. El recorte de gastos de un hogar tiene un efecto trivial sobre
su presupuesto. Nada sucederá con la economía del país si los Rodríguez deciden
socarse la faja reduciendo un 5% sus gastos. El tamaño del presupuesto de la
familia Rodríguez es ínfimo como para que sus cambios tengan algún efecto sobre
otros agentes económicos. Nadie perderá su trabajo, ni verá reducido de manera
importante su ingreso por esa decisión. Como resultado, la reducción del gasto
que haga esa familia no terminará de alguna forma devolviéndose hacia ellos y afectando
su propio ingreso. Es decir no habrá efectos de segunda ronda sobre el presupuesto
de los Rodríguez.
Por el contrario, si un gobierno reduce sus gastos en un
porcentaje similar que los Rodríguez, el efecto a nivel de la economía tiene
potencial de ser significativo. Si el gobierno compra menos bienes y servicios muchas
empresas y hogares verán su ingreso caer. Incluso es posible que algunas
personas pierdan su empleo. En respuesta, los agentes afectados también
recortarán sus gastos. Esto a su vez afectará otras empresas y hogares... Esta
cadena de recortes es lo que genera lo que se conoce como efecto multiplicador.
A la larga, ese menor nivel transaccional
en la economía termina impactando la recaudación fiscal. El efecto de la
reducción de gasto, cuando lo efectúa un agente de gran tamaño como el gobierno,
sí termina impactando su ingreso. Acá el efecto no es trivial, existen efectos
de segunda ronda. Es claro entonces que, a diferencia del hogar, la decisión
del gobierno de reducir su gasto no es independiente de los ingresos que
genera.
Este tipo de efectos de segunda ronda son los que llevan a
algunos economistas a argumentar que, bajo el escenario de una economía que exhibe
un desempeño débil, un recorte de gastos de parte del gobierno puede
eventualmente conducir a un empeoramiento en el balance de sus finanzas. Nótese
que la implicación directa del efecto de segunda ronda es que una reducción de
gasto podría reducir más que proporcionalmente los ingresos. Esto no es una
idea que existe solo en la teoría o en el papel. Existe evidencia empírica que
la respalda. Solo por mencionar una referencia, este trabajo reciente (2018) de
Fatás
y Summers muestra que para un grupo grande de países, intentos por reducir
la deuda mediante consolidaciones fiscales terminan, con alta probabilidad, en
un empeoramiento de la razón de deuda/PIB.
Un segundo razonamiento sobre la diferencia fundamental
entre las decisiones presupuestarias de un hogar y de un Gobierno es la
capacidad que tiene el segundo para influir tanto sobre los gastos como los
ingresos de su presupuesto. En términos sencillos, un gobierno puede, por la
vía parlamentaria, decidir aumentar los impuestos y con esto, todo lo demás
constante, amentar su ingreso. Un hogar únicamente controla sus gastos. El hogar
no puede, al menos directamente, decidir aumentar sus ingresos. Aunque el
origen es distinto, en términos de su implicación, esta diferencia es similar a
la de efectos de segunda ronda. A diferencia de una familia, en un gobierno los
gastos no necesariamente son independientes de los ingresos.
Una tercera diferencia fundamental entre un hogar y un gobierno es la existencia de un banco central. Aunque lo idea no es del agrado de muchos, por más independencia de la que gocen, los bancos centrales forman parte del aparato estatal. Estas entidades tienen la capacidad de bajar o subir las tasas de interés en la economía. De hecho es la forma en que la mayoría de ellos hace política monetaria en la actualidad. Menores tasas de interés implican menor costo por endeudarse para el ministerio de hacienda. Bajo ciertas condiciones, en particular si la inflación y sus expectativas se encuentran bajo control, una apropiada coordinación entre las autoridades hacendarias y monetarias podría reducir el costo del endeudamiento del gobierno. Ninguna familia tiene un banco central con el cual coordinar eventuales reducciones de las tasas a que se endeuda.
En suma, a pesar de lo atractiva que es la analogía, y de lo identificados que podamos sentirnos con ella, lamentablemente no es útil para defender un recorte (o una expansión) de gastos. A diferencia de una familia, en un gobierno los gastos no son independientes de los ingresos, las familias tampoco pueden modificar las tasas de interés, así que el análisis del efecto de la política fiscal no es tan trivial.