lunes, 30 de noviembre de 2020

Una mala analogía: Un gobierno no es un hogar.

La analogía entre las finanzas de gobierno y del hogar es totalmente inapropiada para argumentar en favor de una expansión o una consolidación fiscal.  ¿A quién no le parecería “natural” que si se atraviesa una situación de estrechez presupuestaria, el gobierno, al igual que una familia, debería "socarse la faja" y gastar menos para lograr reequilibrar la situación. Parece natural y hasta puede que evoque experiencias personales. Sin embargo ya veremos por qué no es lo mismo.

La analogía se ha vuelto sumamente popular debido, me parece, a su aparente obviedad. Sin embargo existen varias razones por las que el procurar de un balance entre ingresos y gastos es, en lo fundamental, diferente entre un hogar y un gobierno. Tomemos un ejemplo ampliamente comentado en la actualidad,  un recorte de gastos. ¿Por qué no la analogía con un recorte de gastos de un hogar no es apropiada? Antes de entrar en la sustancia, aclaro que esto no es un caso en favor del keynesianismo, o de la austeridad expansiva. Simplemente quiero puntualizar por qué defender una de esas dos ideas basándose en la analogía del presupuesto del hogar es un error.

En primer término  la analogía es inapropiada debido a lo que los economistas llaman “efectos se segunda ronda”. El recorte de gastos de un hogar tiene un efecto trivial sobre su presupuesto. Nada sucederá con la economía del país si los Rodríguez deciden socarse la faja reduciendo un 5% sus gastos. El tamaño del presupuesto de la familia Rodríguez es ínfimo como para que sus cambios tengan algún efecto sobre otros agentes económicos. Nadie perderá su trabajo, ni verá reducido de manera importante su ingreso por esa decisión. Como resultado, la reducción del gasto que haga esa familia no terminará de alguna forma devolviéndose hacia ellos y afectando su propio ingreso. Es decir no habrá efectos de segunda ronda sobre el presupuesto de los Rodríguez.

Por el contrario, si un gobierno reduce sus gastos en un porcentaje similar que los Rodríguez, el efecto a nivel de la economía tiene potencial de ser significativo. Si el gobierno compra menos bienes y servicios muchas empresas y hogares verán su ingreso caer. Incluso es posible que algunas personas pierdan su empleo. En respuesta, los agentes afectados también recortarán sus gastos. Esto a su vez afectará otras empresas y hogares... Esta cadena de recortes es lo que genera lo que se conoce como efecto multiplicador.  A la larga, ese menor nivel transaccional en la economía termina impactando la recaudación fiscal. El efecto de la reducción de gasto, cuando lo efectúa un agente de gran tamaño como el gobierno, sí termina impactando su ingreso. Acá el efecto no es trivial, existen efectos de segunda ronda. Es claro entonces que, a diferencia del hogar, la decisión del gobierno de reducir su gasto no es independiente de los ingresos que genera.

Este tipo de efectos de segunda ronda son los que llevan a algunos economistas a argumentar que, bajo el escenario de una economía que exhibe un desempeño débil, un recorte de gastos de parte del gobierno puede eventualmente conducir a un empeoramiento en el balance de sus finanzas. Nótese que la implicación directa del efecto de segunda ronda es que una reducción de gasto podría reducir más que proporcionalmente los ingresos. Esto no es una idea que existe solo en la teoría o en el papel. Existe evidencia empírica que la respalda. Solo por mencionar una referencia, este trabajo reciente (2018) de Fatás y Summers muestra que para un grupo grande de países, intentos por reducir la deuda mediante consolidaciones fiscales terminan, con alta probabilidad, en un empeoramiento de la razón de deuda/PIB.

Un segundo razonamiento sobre la diferencia fundamental entre las decisiones presupuestarias de un hogar y de un Gobierno es la capacidad que tiene el segundo para influir tanto sobre los gastos como los ingresos de su presupuesto. En términos sencillos, un gobierno puede, por la vía parlamentaria, decidir aumentar los impuestos y con esto, todo lo demás constante, amentar su ingreso. Un hogar únicamente controla sus gastos. El hogar no puede, al menos directamente, decidir aumentar sus ingresos. Aunque el origen es distinto, en términos de su implicación, esta diferencia es similar a la de efectos de segunda ronda. A diferencia de una familia, en un gobierno los gastos no necesariamente son independientes de los ingresos.

Una tercera diferencia fundamental entre un hogar y un gobierno es la existencia de un banco central. Aunque lo idea no es del agrado de muchos, por más independencia de la que gocen, los bancos centrales forman parte del aparato estatal. Estas entidades tienen la capacidad de bajar o subir las tasas de interés en la economía. De hecho es la forma en que la mayoría de ellos hace política monetaria en la actualidad. Menores tasas de interés implican menor costo por endeudarse para el ministerio de hacienda. Bajo ciertas condiciones, en particular si la inflación y sus expectativas se encuentran bajo control, una apropiada coordinación entre las autoridades hacendarias y monetarias podría reducir el costo del endeudamiento del gobierno.  Ninguna familia tiene un banco central con el cual coordinar eventuales reducciones de las tasas a que se endeuda.

En suma, a pesar de lo atractiva que es la analogía, y de lo identificados que podamos sentirnos con ella, lamentablemente no es útil para defender un recorte (o una expansión) de gastos. A diferencia de una familia, en un gobierno los gastos no son independientes de los ingresos, las familias tampoco pueden modificar las tasas de interés, así que el análisis del efecto de la política fiscal no es tan trivial.

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